viernes, 21 de octubre de 2011

LA PRIMERA VEZ

'POEMA DE LA SEMANA' EN POESÍA PURA



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Ya ni el recuerdo es fiel a la memoria

de aquella iniciación tan primitiva,

tan humana también, tan inocente,

que fustigó en temblores nuestros cuerpos

libres de inhibiciones, desbocados,

acelerando el ritmo de la sangre

en aquel despertar a la delicia,

mientras juntos y a tientas buceábamos

los lagos del amor por vez primera.

Hoy el otoño ciñe mis torpezas

con torva terquedad premeditada

distorsionando esquivo las vivencias

de aquellas primaveras sorprendidas

en tu dorado pubis, impoluto,

tibio y grácil guardián de tus clausuras.

Tengo rotos tus labios en las manos

y resecos los surcos que anduvimos

desnudos en la tarde, con las prisas

del sediento que es docto en continencias.

Todo era poco entonces. La lujuria

andaba de puntillas por mi sangre

acechando tu cuerpo estremecido

para saltar, felina, y desbordarse

en un turbión de fuerzas desmedidas

que abatieron los diques del deseo.

¡Cómo jugaba el beso al escondite en los cuajados nardos de tus muslos,

arrancando mis dedos melodías

a la guitarra albar de tus caderas...!

Era como ir libando los rosales

deshojando sus pétalos más íntimos,

como cortar amarras y dejarse

llevar por el torrente serpenteado

de la núbil libido desbocada.

¡Qué apetencias de desbridados potros

aflorando a la vida, qué clamores

desperezando el ansia en nuestra carne,

despertando a trallazos los sentidos

de nuestra pubertad alboreada!

Nunca he vuelto a ceder a la lascivia

con tanta sinrazón, con tal premura

como si el tiempo fuera a suicidarse

en nuestra adolescencia, sublimada

por el hallazgo súbito del sexo.



Recuerdo que fue un sauce nuestro cómplice

y que el placer selló toda palabra.

Había pasmo y ternura en tus pupilas

y ansiedad, tras consumar la suerte.

Nos supo a poco, a poco aquella entrega

y jadeamos juntos frente al cauce

de la pequeña acequia rumorosa.

Luego tendí mi mano por saberte,

por regresar a ti desde mi ensueño

y tú cubriste pronta las ciruelas

de tu incipiente pecho, ruborosa,

y aligeraste el paso, sin volverte,

temblorosa la carne y con el gozo

cuajado ya por siempre en la mirada.



Recuerdo con nostalgia aquella tarde

en que cantó la alondra toda gloria

y fue nuestro y distinto el universo.



Pedro Javier Martínez